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Historia de Alcobendas

AYTO Bloque de Alertas

Historia de Alcobendas

Apuntes históricos

Por: Julián Caballero Aguado.

SIGLO XI - SIGLO XIII

Tras la reconquista de Madrid y su alfoz por el rey Alfonso VI en 1085, Alcobendas siguió perteneciendo jurídica y económicamente a la villa de Madrid, como otros tantos pueblos y lugares de su zona de influencia. Esta situación sería confirmada tanto por el rey Alfonso VII, como por su sucesor Alfonso VIII, en un documento fechado en 1208 donde aparece por primera vez el nombre de "Alcovendas".

SIGLO XIV

Esta situación de dependencia madrileña se mantendría hasta la guerra dinástica que sufrió Castilla a mediados del siglo XIV en la que Madrid apoyó abiertamente la causa de Pedro I, el Cruel. Derrotado por su hermano Enrique II en la famosa batalla de Montiel, comenzó éste tal política de gratificaciones hacia los nobles que habían apoyado su causa que le llevaron a ser conocido con el sobrenombre de "el de las mercedes". Por las "mercedes enriqueñas" el rey otorgaba a ciertos nobles el derecho a ejercer la justicia y cobrar impuestos sobre pueblos y terrenos pertenecientes a villas de la corona, conocidas como "realengos", de los que se segregaban. Este tipo de merced llamada "señorío" fue la que entregó Enrique II al mayordomo real don Pedro González de Mendoza, comprensiva de la comunidad de Buitrago, el Real del Manzanares, el sexmo de Lozoya, y las aldeas de Barajas, Cobeña y nuestro Alcobendas, con lo que privaba a Madrid de buena parte de su antiguo alfoz. Esta donación real de Alcobendas, llevada a cabo en el año de 1369, le daba un status de señorío, donde el poder -casi autónomo- ejercido por un noble y su linaje, se mantendrá hasta el siglo XIX, siendo en buena parte condicionante de su devenir histórico.

Tal donación, hecha por 'juro de heredad", daba derecho a Pedro González de Mendoza a trasmitir el "señorío" a sus sucesores, sucediéndose en el título de "señores de Alcobendas" su hijo Diego Hurtado de Mendoza, y su nieto Iñigo López de Mendoza, el célebre Marqués de Santillana. Éste llegó a permutar con el conde don Gonzalo de Guzmán sus derechos sobre Alcobendas con los de la villa de Torija (Guadalajara), en el año 1453, para volver a recomprárselos a don Diego Romero, alcalde mayor de Toledo. En 1457 aparece el señorío en posesión de Diego Arias Dávila, Contador Mayor de Castilla, a cuyos descendientes, los condes de Puñonrostro, va a pertenecer hasta el año 1811.

Madrid nunca vio con buenos ojos la segregación producida, siendo desde un primer momento constantes las disputas y pleitos por los usos de tierras, pastos y montes de los que los alcobendeños siempre habían disfrutado, y la villa del oso y el madroño trataba de entorpecer al ser de su jurisdicción. La jurisdicción de los señores de Alcobendas no llegaba más allá del perímetro del caserío del pueblo, "hasta las goteras de sus últimas casas", perteneciendo a la de Madrid todo el campo circundante donde el alcobendeño trabajaba, de suerte tal que tenía que soportar una doble carga impositiva, pechando ante su señor y ante la villa de Madrid.

SIGLO XV

Precisamente esta sobrecarga de tributos, acompañada de una tiránica actitud por parte de Juan Arias Dávila, señor de Alcobendas, motivó que varios alcobendeños se asentaran en un próximo cerro de la jurisdicción de Madrid y solicitaran vecindad a su concejo. Nacía así el vecino pueblo de San Sebastián de los Reyes en el año 1492, pese a la represiva reacción de Juan Arias, al amparo de una bien trazada política antiseñorial del concejo de la villa de Madrid, que no era otra que la de los Reyes Católicos en su intento de restar fuerza a la casi omnímoda nobleza. Si anteriormente Alcobendas veía entorpecido el uso de los campos, tras la fundación de San Sebastián de los Reyes la situación empeoró, viendo cómo los vecinos del nuevo pueblo, como tributarios y dependientes de la villa del oso y del madroño, podían hacer libre uso de las tierras que, en contra de costumbres inveteradas, los alcobendeños tenían restringido al no tener su villa más término jurisdiccional que su caserío. Aquí precisamente comenzaron las animadversiones entre los habitantes de uno y otro pueblo que sembrarían, durante siglos, de querellas y pleitos las instancias judiciales.

SIGLO XVII

La ausencia de un término municipal o jurisdiccional por parte de Alcobendas, y la consiguiente escasa autoridad de sus alcaldes se reflejaba, en clave de humor, en una obra anónima de 1627, en pleno siglo de oro de nuestras letras, titulada "Relación de la fiesta que hizo don Juan de Espina", donde refiriéndose a cierta 'juerga" que no se quería terminar, daban solución acudiendo a la justicia, pero de un alcalde alcobendeño: "... Al rumor se halló en Madrid / toda la gente despierta, / y aun dizen que dio cuydado / a un Alcalde en Alcobendas".

SIGLO XIX

La desmantelación de las estructuras del Antiguo Régimen iniciada a principios del siglo XIX que conllevaba la abolición de los señoríos, tuvo su culminación en la obra de las Cortes de Cádiz, primero por un decreto de 1811 y después por la Constitución de 1812. Tras quedar paralizada por la reacción absolutista de 1814, y al poco tiempo de la reinstauración del régimen liberal y de la jura de la constitución de Cádiz por el rey Fernando VII, acudía el Ayuntamiento constitucional de Alcobendas, en fecha de 16 de Mayo de 1820, a la recién creada Diputación Provincial de Madrid en solicitud de que le fuera señalado un término municipal "por estar reducido al pequeño recinto de las casas de su morada".

Por la Diputación se formó el oportuno expediente con audiencia de los pueblos limítrofes de San Sebastián de los Reyes, Fuente el Fresno, Barajas, Hortaleza y Fuencarral, y curiosamente, a pesar de las tiranteces endémicas existentes entre Alcobendas y San Sebastián de los Reyes, mostradas desde la misma fundación del pueblo vecino, salta a la vista que no hubiera oposición sansebastina a la formación del término municipal alcobendano y que surgieran las reclamaciones y recelos por parte de Fuencarral, Barajas y Fuente el Fresno.

La razón puede estribar en que a la par que se formaba el término de Alcobendas que privaba a San Sebastián de buena parte de su territorio, se formó otro expediente anejo por el que se agregaba buena parte del término del ya casi despoblado Fuente el Fresno a aquél por vía indemnizatoria.

Prestada la aquiescencia de los cinco pueblos próximos, procedió la Diputación Provincial a la elevación del expediente a las Cortes en fecha de 28 de febrero de 1822. El 18 de marzo del mismo año las Cortes acordaron que "habiendo conformidad de parte de los Pueblos limítrofes, se devuelva dicho expediente al Gobierno, como lo ejecutamos adjunto, para que formalice el coto convenido del nuevo termino jurisdiccional de la villa de Alcobendas". Coto, que con presencia de representantes de los cinco municipios limítrofes, se llevó a cabo en abril de 1822.

Más poco tiempo gozó Alcobendas de su término municipal, pues la vuelta al absolutismo auspiciada por el Duque de Angulema en mayo de 1823, precisamente desde Alcobendas, motivó que Fernando VII suscribiera un decreto que declaraba "nulos y de ningún valor todos los actos del Gobierno llamado constitucional (de cualquier clase y condición que sean) que ha dominado a mis pueblos desde el 7 de marzo de 1820 hasta hoy día 11 de octubre de 1823".

Consecuencia de esta anulación general de la obra de los liberales fue la supresión del término municipal o jurisdiccional de nuestro Alcobendas aprobado por las Cortes en 1822. La vuelta atrás absolutista devolvía los municipios al Antiguo Régimen, con sus categorías de realengos y señoríos, si bien no devolvía los señoríos jurisdiccionales -cual había sido el de Alcobendas-, abolidos definitivamente en 1811, con lo que nuestro pueblo no se veía vinculado de nuevo a la casa de Puñorostro, pero se quedaba en una situación anómala y extraña desde el punto de vista jurídico y administrativo, sin un término municipal que de forma consensuada había conseguido, regresando a aquella fórmula arcaica de "hasta las goteras de sus últimas casas".

Se daba la paradoja de tener hecho el acotamiento de un término basado en un documento legalmente aprobado, pero estigmatizado por la mácula política liberal tan denostada y perseguida tras el año 1823. Esta situación anómala y paradójica se iba a mantener durante años, como lo atestiguaba en 1834 el estadístico Antonio Regas que no dejaba de asombrarse ante la situación alcobendeña: "Esta población, único ejemplar que acaso habrá en la Península, tiene limitado su territorio al recinto de su poblado, y los vecinos sus posesiones en los términos de San Sebastián de los Reyes, Fuente el Fresno, Barajas, y alguna corta porción en Hortaleza y Fuencarral".

Tras la muerte de Fernando VII, el cambio político hacía ideas liberales, asumido por la Regencia de la reina María Cristina de Borbón, auspició que desde el Ayuntamiento de Alcobendas se solicitara la ratificación del término municipal que en 1822 le había sido concedido y que justo al siguiente año había quedado en suspenso, si no derogado, con el inicio de la llamada década ominosa.

La solicitud fue asumida por el Gobierno Civil de Madrid elevándola al Ministerio del Interior en diciembre de 1834. Una real orden de 21 de julio de 1835 ratificaba y restituía el término municipal de Alcobendas: "He dado cuenta a S.M. la Reyna Governadora de los expedientes que el antecesor de VS. remitió a esta Secretaría del Despacho en 2 y 29 de Diciembre ppdo. relativos a señalar término jurisdiccional a la Villa de Alcovendas, y S.M. en vista de lo informado por VS. y la Comisión mixta de división territorial se ha servido resolver que se restituya a la Villa de Alcovendas la posesión del termino jurisdiccional que se la demarcó y amojonó en 1822".

Para llevar a efecto la restitución el gobernador civil de Madrid, comisionó a don Gregorio Álvarez, alcalde mayor de Colmenar Viejo, quien tras reconocer los cotos del término, en la tarde del 6 de agosto de 1835, en una tierra situada junto a la alcantarilla situada en la carretera de Francia que dividía los términos de Alcobendas y San Sebastián de los Reyes (la actual confluencia de la Avenida de España con Marquesa Viuda de Aldama) se constituyó poner en posesión de aquél al Ayuntamiento, cuyos miembros se hallaban presentes: "...y tomando de la mano a Don José Pérez como Alcalde Presidente del mismo le introdujo dentro de los límites de dicho término jurisdiccional, mandó hacer deshacer el referido coto, arrojó terrones de tierra, echó fuera de los límites a todos los que allí se encontraban e hizo otros actos posesorios cuya posesión, que se la dio dicho Señor a voz y nombre de toda la extensión que ocupa el referido término jurisdiccional, la tomó dicho Ayuntamiento quieta y pacíficamente sin contradicción de persona alguna y mandó que nadie pudiere inquietar a la referida villa sin ser primero vencida en juicio".

Posesión que, en los mismos límites fijados en 1822, se ha mantenido inalterable desde entonces.

Primeras noticias históricas de Alcobendas

Siglo XII

Tras la reconquista de Madrid y su alfoz, en 1152 el rey Alfonso VII había otorgado al concejo de Madrid jurisdicción sobre montes, pinares, prados, aguas y poblados entre Madrid y Segovia, desde el Puerto del Berrueco hasta Lozoya. El término de Alcobendas, y en él, el del aún inexistente San Sebastián de los Reyes, quedaba dentro de la jurisdicción de Madrid.

Pocos años más tarde, en 1160, una carta de donación dada por Alfonso VII en Toledo concedía al concejo de Madrid todos los montes y sierras habidos entre Madrid y Segovia para pasto de ganados y leña, cuya gracia hacía "por el bueno y fidelísimo servicio" que Madrid había prestado en la lucha contra los sarracenos. Carta de donación que curiosamente, seis siglos después, en el XVIII, será esgrimida por el Ayuntamiento de Madrid contra la villa de Alcobendas en un largo pleito entablado sobre el dominio de la dehesa de Valdelamasa. A partir de la donación de Alfonso VII se inicia un conflicto entre Madrid y Segovia que se va a mantener durante los siglos XII y XIII al reclamar los segovianos, para sí, tanto Madrid como su alfoz.

Siglo XIII

En tal estado de disputa entre madrileños y segovianos aparece la primera referencia histórica sobre Alcobendas en los albores del siglo XIII en un documento fechado en Burgos, el 5 de agosto de 1208, tan sólo seis años después de ser otorgado el Fuero de Madrid, y cuatro antes de la decisiva e histórica batalla de las Navas de Tolosa.

La adscripción de Alcobendas al territorio de la villa de Madrid venía confirmada por este diploma en el que el rey Alfonso VIII fijaba los límites entre Madrid y Segovia como consecuencia de la comisión dada para ello a un alcalde o juez llamado Minnaya: "Ego AI-deffonsus, Dei gratia, Rex Castelle et Toleti, etc... dono vobis baronibus de Secovia et concedo omnes illos términos, quos Minnaya, dilectus alcaldus meus, determinauit inter vos et Concilium de Madrid... et in qui-bus fixit moiones: prius quomodo transit la carrera in aqua que dicitur Sagriella in Salcedon, deinde per summum del lomo et remanet Bouadella in parte de Madrid; al deinde ad loman de ipsa cannada de Alcorcón; et deinde ad illas aquas de Butarec; et deinde ad illas aquas de Meac, quomodo vadit super Pozolum; et Pozolos remanet de parte de Madrid; et deinde per aldeam de Sarzola, et Sarzola remanet in parte de Madrid; et deinde ad summum de illis laboribus de Fuentcarral; et per summum de illis laboribus de Alcovendas; et deinde quomodo vadit ad Vinnolas. Supradictos itaque moiones et totum terminum, qui ínter cos eos est, dono vobis, roboro pariter et confirmo...".

La línea divisoria que se fijaba entre Segovia y Madrid en este documento partía de Salcedón, en la actual Villaviciosa de Odón, hasta Viñuelas, pasando por Boadilla, Alcorcón, arroyo Butarque, arroyo Meaques, Pozuelo, la Zarzuela, Fuencarral y Alcobendas.

La siguiente referencia expresa de Alcobendas se encuentra en otro documento del mismo monarca, fechado en Segovia el 12 de diciembre del mismo año de 1208, en el que se fijaban las divisorias de las comunidades de Segovia, Madrid, Toledo y otras ciudades del sur de la cordillera Central, reiterando y ampliando las divisorias ya fijadas en el documento anterior: "...et deinde ad summum de illis laboribus de Fuentcarral, el per summum de illis laboribus de Alcovendas per otero de Suffre...".

El concejo de Madrid tenía jurisdicción sobre todo su alfoz, que abastecía a la ciudad de pro-ductos agrícolas de primera necesidad. Los campesinos de las aldeas acudían a la villa no sólo para las compraventas, sino para resolver todo tipo de cuestiones jurídicas, fiscales, religiosas, etc. El concejo de Madrid, al ser cabeza del alfoz, era el intermediario entre las aldeas y el poder real en todo tipo de cuestiones. No obstante, existía una organización administrativa en las aldeas en manos de un concejo aldeano. Sus competencias se limitaban a atender los problemas locales de menor envergadura y especialmente, a representar los intereses de los aldeanos ante el concejo de la villa de Madrid.

Las reuniones de éste tenían lugar en un amplio corral destinado a camposanto en la iglesia de San Salvador de Madrid, para reunirse, más adelante, en el claustro de esa misma iglesia, que se localizaba en la actual Plaza de la Villa, llamada antes, en recuerdo de aquella, plazuela del Salvador. Por aquel entonces, Madrid estaba definido como una Comunidad de villa y tierra regida por su particular Fuero, al igual que la mayoría de las ciudades castellanas de la meseta norte. Comunidades que reproducían un sistema feudal en el que la villa ejercía el papel de señor y las aldeas que constituían la tierra, el de la servidumbre. Madrid asumía amplios poderes jurisdiccionales y fiscales, estando obligadas las aldeas a contribuir tanto a los gastos del concejo de Madrid como a los servicios que la Corona solicitara; asimismo, debían aportar hombres cuando se organizaba alguna milicia. 

Curiosamente por estos primeros años del siglo XIII, en 1212 reinando Alfonso VIII, la alcobendeña dehesa de Valdelamasa aparecía en una concordia que se tomó después de enconados pleitos entre el concejo de Madrid y el cabildo clerical sobre el uso de leña y pasto en ciertos terrenos. Conforme nos relatara Jerónimo de la Quintana, por tal concordia se estableció que pertenecían a la villa todos los pies de árboles que hubiesen en ellos, y al cabildo los pastos.

En significación de ello, en las armas del cabildo eclesiástico, la osa que le representaba la pintaron paciendo, como reteniendo con esa postura la propiedad de los pastos, mientras que el oso de las del concejo de la villa de Madrid, empinado con las manos puestas sobre las ramas de un madroño, como sosteniendo en este árbol la posesión de los demás de aquellos términos. El oso u osa era una figura preexistente en la heráldica madrileña, que era representada con siete estrellas en el lomo, símbolo de la constelación de la osa o carro menor, en alusión a la claridad y pureza del cielo madrileño. Algo de Alcobendas hay, pues, en el origen del oso y el madroño, símbolo madrileño por excelencia.

Alcobendas en la literatura

Por: Julián Caballero Aguado.

Alcobendas, antaño sosegado pueblo castellano situado en las proximidades del gran Madrid, corte y capital de medio mundo, ha asomado a las páginas literarias de eximios escritores, unos llevando su nombre a la ficción, otros citándole en sus descriptivos diarios de viajes.

Si bien la primera noticia escrita del nombre de Alcobendas data del remoto año de 1208 -un documento en que Alfonso VIII fijaba los límites entre Madrid y Segovia-, no asoma a las páginas de un libro impreso sino hasta el año 1517, en que Fernando Colón, hijo del descubridor, hace de nuestro pueblo una somera cita, en su obra titulada "Descripción y cosmografía de España" diciendo "Alcovendas es aldea de 250 vecinos es de un Arias Dávila hasta San Sebastián de los Reyes ay medio millo pequeño de cuesta arriba; no tiene más término de las goteras Alcovendas".

La prisión del rey Francisco I de Francia por las tropas del emperador Carlos V tras la famosa Batalla de Pavía, dio lugar a otra aparición literaria de Alcobendas en la obra del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo titulada "Relación de lo su-cedido en la prisión del rey Francisco de Francia desde que file traído a España y por todo el tiempo que estuvo en ella, hasta que el emperador le dio libertad". Era el día 18 de septiembre de 1525 y el emperador se encontraba en nuestro pueblo cuando le llegaban acuciantes noticias sobre la salud del rey francés.

"...en aquel instante cavalgó e se fue camino de Madrid, casi a todo correr del cauallo. E como llegó al lugar que llaman Alcovendas, tres leguas de San Agustín, e tres de Madrid, llegó allí otra posta al encuentro en que los médicos escrivian que su magestad aguijase, e que si no se dava prissa aunque lo hallase bivo, lo hallaria frenético o sin sentido, porque cada momento empeorava. El emperador se dio muy mayor prissa, de manera que llegó a Madrid entre las ocho e las nueve, por manera que en obra de dos horas e media corrió aquellas seys leguas que ay de el lugar de San -Agustín a Madrid...".

En el siglo XVII, por todos conocido como siglo de oro de nuestras letras, Alcobendas va a asomarse en algunas de las obras escritas por las inimitables plumas de sus más afamados literatos, buenos conocedores de los pueblos aledaños del Madrid cortesano.

Miguel de Cervantes cita Alcobendas en su inmortal obra "El Quijote", en boca del modesto y asustado bachiller Alonso López

Resulta obligado, al hablar de tan reputados escritores, comenzar por el alcalaíno Miguel de Cervantes (1547-1616) y por su inmortal "Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", donde el nombre de Alcobendas se hace un hueco entre sus páginas puesto en boca de un presunto licenciado que no resultó ser sino un modesto y asustado bachiller alcobendeño que en pacífica comitiva fúnebre transitaba por los campos manchegos cuando filera abatido por un desaforado don Quijote: "Con facilidad será vuestra merced satisfecho -respondió el licenciado-; y así, sabrá vuestra merced que, aunque denantes dije que yo era licenciado, no soy sino bachiller, y llámome Alonso López; soy natural de Alcobendas; vengo de la ciudad de Baeza, con otros once sacerdotes, que son los que huyeron con las hachas...".

La amistad entre las gentes de los pueblos vecinos era constatada por el dramaturgo Gaspar de Aguilar (1561-1623) en un entremés titulado "Boda de Foncarral": "Casaron en Foncarral/con un viejo de setenta,/malsano de todas partes,/a una niña de perlas;/y juntáronse a la boda,/con los demás de Alcobendas/de Rejas y de Barajas,/muchas aldeanas bellas".

Luis de Góngora (1561-1627) se refería a una joven alcobendana, un tanto solícita y desvergonzada, en unos versos titulados, precisamente, "Una moza de Alcobendas": "Una moza de Alcobendas,/sobre su rubio trenzado,/pidió la fe que le he dado,/porque eran de oro las prendas;/concertados sin contiendas/nuestros dulces desenojos,/me pidió sobre sus ojos/por lo menos un doblón;/yo, aunque de esmeralda son,/se le libré en Tremecén./Hice bien?".

Quién llamado filera fénix de los ingenios, Félix Lope de Vega (1562-1635) no dejó en el olvido nuestra villa, aunque tan sólo fuera en una de sus obras, "La paloma de Toledo", y en auxilio de la rima: "...quien tiene mejores prendas/desde Madrid a Alcobendas".

En una obra anónima publicada en 1627, titulada "Relación de la fiesta que hizo don Juan de Espina. Domingo en la noche, ultimo día de febrero", la anormal situación jurídico administrativa de Alcobendas, en cuanto a la limitada jurisdicción de sus alcaldes, era utilizada con sorna y humor: "...Al rumor se halló en Madrid/toda la gente despierta,/y aun dizen que dio cuydado/a un Alcalde en Alcobendas".

Quevedo lanzó sus temidas pullas contra los alcobendeños, de forma satírica y burlesca, en uno de sus sonetos.

El incisivo Quevedo (1580-1645) lanzaba sus temidas pullas contra los alcobendeños en unos versos del soneto titulado "Al salir de los reyes", no de su usual forma vehemente sino satírica y burlesca: "Alcalde de hoy adelante,/ved que ha de haber diferencia/de mí, que he visto a los reyes/a los demás de Alcobendas".

La mofa y burla que se hacía de los villanos y gente de pueblo se ponía de manifiesto en un villancico anónimo del siglo XVII titulado "Los sacristanes", abundante en alusiones a pueblos madrileños, donde el nuestro es representado por un sacristán afanoso: "Entró con un haz de leña/el de Alcovendas llorando/y con razón, porque el pobre/iba cargado de palos .Y llevaba por mote:/no hay que reírse, que ya medra en corcoba/el que bien sirve".

Aquel siglo de oro fue para Alcobendas un lugar de parada y fonda para gente principal que a la corte acudía por el llamado camino de Francia. Algunos diarios de viajes y memorias nos describen algunas importantes estancias en nuestro pueblo, como la del embajador de Francia, mariscal Bassompierre, en el año de 1621, citada en sus "Memories": "Le lundy 8 j'arrivay á Alcovendas, auquel lieu Ms. du Fargis, Comte de la Roche, vint me voir, & foupa avec mou, & Ms. le Comte de Chafteau-Villain auffi: puis s'en retournereñt la nuit coucher á Madrid. Le mardy 9, je partis d'Alcovendas ltapresdifnée, por veir a Madrid...".

Eso ocurría a su llegada en marzo, y en el siguiente mes, en una jornada que le llevara desde El Escorial a La Alameda repetía pasó por nuestro pueblo, volviéndolo a citar expresamente: "Le vendredy 30 je partis de ltEfcurial; vms difner au Pardo, maifon de plaifence du Roy, & fils cocher á Alcovendas.Cejour la le Duc d'Ofi'ine fe goruma avec Dom Loúi cronista madrileño Antonio León Pinelo en sus "Anales de Madrid" (1684), refiriéndose al siete de octubre de 1.623: "entró en Madrid Wolfango Guillermo de Austria y Baviera, hijo segundo de la casa de Baviera y bisnieto del Emperador Don Fernando, Infante de España, Duque 1de Juliers, Cleves y Neoburg.

Llegó a Alcobendas, a donde file el Conde de Barajas y le acompañó hasta la Puerta de Fuencarral. Allí salió a recibirle la Nobleza de la Corte, y el -Conde de Olivares entró a su lado". La petición de mano de la infanta Maria Teresa por el rey Luis XIV en 1659 dio lugar a que Alcobendas y viera alterada su pacífica vida rural con la presencia de la embajada francesa enviada al efecto para tan importante evento, confirmatorio de la llamada "Paz de los Pirineos".

El hijo del embajador francés, Antonio de Gramont en sus "Memorias del Mariscal De Gramont" cita la estancia en nuestro pueblo: "...Vuelvo al mariscal De Gramont, que partió de Irán el 4 de octubre y llegó el 15 a Alcobendas, desde donde salió el 16 a las cuatro de la mañana para ir a Maudes (...) Y porque el rey le había hecho advertir en Alcobendas por don Cristóbal de Gaviria que por esa primera vez debía abstenerse de hablar a la infanta de matrimonio...

Francisco de Bertaut, noble francés acompañante de aquél en la embajada matrimonial que les trajo a la corte, escribió un "Diario del viaje de España" en el que vuelve a estar presente nuestro Alcobendas, y su palacio de los condes de Puñonrostro, en especial sus jardines: "El 15, a Alcobendas, a seis leguas de Madrid, donde hay una casa muy bonita para este país, es decir, un jardín muy hermoso, donde hay fuentes y hermosos paseos... Encontré que se servían en Alcobendas de una manera de regar muy cómoda, porque en el centro de todos los parterres hay allí una pequeña fuente, sobre el tubo de la cual ponen otro que hace ir el agua a un lado, en vez de ir a lo alto, y en ese tubo ponen todavía otro, y así un gran número, y tantos como son necesarios para llegar hasta el extremo del parterre. Entonces el jardinero, dando vueltas todo alrededor y teniendo todos esos tubos que están metidos los unos en los otros, y que de ese modo no hacen más que uno, conduce el agua en un momento por todo el parterre, porque esos tubos están taladrados por algunos sitios, y de ese modo reparten el agua por todas partes (...) Desde que hubimos llegado a Alcobendas, el rey de España envió allí a don Cristóbal de Gaviria, lugarteniente de sus guardias e introductor de los embajadores, y un poco después a uno de sus mayordomos, llamado marqués de Malpica, que le trajo un presente muy galante (...). El equipaje había quedado en Alcobendas; de manera que allí no había ningún criado...".

En 1679, otra noble francesa, Madame D'Aulnoy, escribía su "Relación del Viaje a España", donde volvía a aparecer nuestro pueblo aunque algo devaluado: "Sabía que mi parienta debía venir a mi encuentro hasta Alcobendas, que no esta apartado de Madrid más que seis leguas. Como no estaba allí todavía quise esperarla, y don Federico de Carnona, me propuso ir a comer a una casa muy bonita, cuyo dueño era amigo particular suyo. Por eso en vez de apearme en ese pueblecillo, lo atravesamos".

Tanta gente importante aposentada en Alcobendas y la brillantez de su palacio quizá indujera al autor anónimo del poema titulado "La Gandalla", tan popular en su día, a la alusión de sus damas: "En San Sebastián pastores, / y en Alcobendas las damas. / Fuencarral las belloteras,/ en Madrid las cortesanas".

Otra obra anónima, esta vez holandesa, titulada "Viajes hechos en diversos tiempos en España, en Portugal, en Alemania, en Francia y en otras partes", publicada en 1700, confirmaba la condición alcobendeña de antesala de Madrid: "...el gran deseo que teníamos de vemos en esa capital, nos hizo salir temprano. Pasamos tres leguas de un país bastante infértil, pero muy hermoso por la caza, después de lo cual nos encontramos en Alcobendas, donde nos vimos obligados a comer para dejar que descansaran nuestras monturas, y después de haber hecho una hora de camino por la tarde, descubrimos Madrid...".

En la segunda mitad del siglo XVIII, la llamada "Ilustración" en su intento de dar a conocer la realidad española con su literatura descriptiva, nos aporta dos descripciones de Alcobendas.

La primera fue la de Tomás López y Vargas, geógrafo real, quien en su, "Descripción de la Provincia de Madrid", publicada en 1763, decía: "A cerca de una legua de Hortaleza se halla La Moraleja; y a tres quartos de aquí y en tres leguas cortas de Madrid está la villa de Alcobendas. El día de Nuestra Señora de la Paz hay Romería, y hacen fiesta sus habitantes a esta Señora".

La segunda se contenía en la obra titulada "Viaje de España", de Antonio Ponz, secretario de la Real Academia de San Fernando, publicada ~ en 1781: "...Salí, pues, de Madrid caminando tres leguas hasta la villa de Alcobendas por el fecundo territorio que V. conoce. A la legua y media se pasa por junto a Fuencarral, que queda a mano izquierda. La campiña generalmente pelada de arboles, según la usanza, y sin que haya razón para ello; pues podría haber multitud de millares, aunque solo fuese entre aquellas viñas de Fuencarral y Alcobendas, famosas por el exquisito vino moscatel, que de sus uvas se hace, comparable a los mejores licores que conocemos".

La Guerra de la Independencia y el paso de las tropas napoleónicas por nuestro pueblo dio motivo a otro tipo de apariciones literarias de su nombre. Algunos militares franceses publicaron sus vivencias bélicas, como el Capitán Grasset, en su obra titulada "La Guerre d'Espagne", quien refiriéndose a la llegada de Joaquín Murat el 23 de Marzo de 1808, decía: "...Le 22, il sera entre Buitrago et San Agostino; le 23, il passera en revue le corps de ltOcéan Sur les hauteurs dtAlcobendas, devant la foule des Madrilenes enthousiastes".

Por su parte, el Comandante Balagny, en su obra "Campagne de Empereur Napoleon en Espagne", refiriéndose a la jornada del 2 de diciembre de 1808, tras la famosa batalla de Somosierra que abriera las puertas de Madrid a Napoleón, decía: ... El emperador llevó toda su caballería hacia el sur y dio orden a la división de Lapisse de marchar hacia Alcovendas, formando la vanguardia (...) Alcovendas, a 15 kilómetros de Madrid; la caballería había bloqueado el primero de diciembre todos los alrededores de este punto, donde el Mariscal Bessieres había establecido su cuartel general (...) En la mañana del dos de diciembre el Mariscal Bessieres, con toda la caballería, partió de Alcovendas hacia Madrid, y llegó a las proximidades de la capital a través de una espesa niebla que hizo que la vanguardia formada por la caballería ligera polaca cayese sin esperárselo en los puestos de las avanzadillas españolas...".

Benito Pérez Galdós refleja el nombre de nuestra ciudad en su episodio nacional "Napoleón en Chamartín"

Con la Guerra de la Independencia como fondo, una gloria de nuestra literatura, Benito Pérez Galdós (1842-1920), reflejaba el nombre de Alcobendas en "Napoleón en Chamartín", uno de sus episodios nacionales, en varios pasajes: "...Echóse todo el mundo a la calle en averiguación de lo ocurrido, y corriendo de boca en boca las nuevas, exageradas por la ignorancia o la mala fe, bien pronto llegó a decirse que los franceses estaban en Alcobendas (...)

Y si no, figúrate si será bonito ver a lo mejor que cuando tranquilamente avanzan los franceses, creyéndose seguros, aparecen como llovidas por el flanco derecho las tropas españolas y me lo cogen sin disparar un tiro entre Alcobendas y San Agustín (...) pero bien podría suceder que ese hombre, conociendo que no puede vencernos por la fuerza, intente dar al traste con la astucia a nuestro poderío, y se disfrace con el traje de un payo huevero de Alcobendas, para acercarse a nuestras formidables fortificaciones y estudiarlas cómoda-mente".

Sobre el mismo tema histórico y dando un salto en el tiempo volvemos a encontrarnos con el nombre de Alcobendas en la novela de Juan Antonio Vallejo Nájera titulada "Yo el intruso", publicada en 1987, donde se hace referencia a la huida de José Bonaparte, el 1 de Agosto de 1808, tras la batalla de Bailén: "...La vanguardia debe haber llegado a Buitrago, dejaremos la retaguardia durante un día en Alcobendas para cubrir la retirada. Castaños precisa, por lo menos, dos jornadas para llegar a Madrid".

A mediados del siglo XIX, el escritor costumbrista Ramón Mesonero Romanos en su obra "Recuerdos de viaje por Francia y Bélgica", publicada en 1842, hablaba de la austeridad del paisaje de nuestros alrededores: "Mas, a decir verdad, qué podría contar aquí que de contar fuese, tratándose de la travesía de Madrid a Buitrago, por Alcobendas y Fuencarral, por aquellos campos silenciosos y amarillos, ante los cuales enmudecería la misma rica y delicada lira de Zorrilla, o el pincel fecundo y grato de Villaamil...".

Otro autor costumbrista apuntado a la moda de las descripciones viajeras, Francisco de Paula Mellado, era mucho más despectivo hacia nuestras tierras en su obra titulada "Recuerdos de un viaje por España", publicada en 1849:

"- ¡Hombre de Dios! Y para esto te gastas tu dinero y abandonas la corte! - ¡ Y en describir a Fuencarral y Alcovendas querías que gaste mi tiempo! - Son dos pueblos de España... - Pero dos pueblos que nada ofrecen notable, y si hubiésemos de hacer mención de todos los que veremos, se necesitarían muchos volúmenes. Eso es bueno para los diccionarios geográficos. Nosotros no vamos a describir el país topográficamente; vamos a recorrerlo y a hablar de aquello que nos llame más la atención...".

Unos años después, en 1865, Cayetano Roselí, en su "Crónica de la Provincia de Madrid", reconocía, al menos, el buen fruto de aquellos campos denostados: "Alcobendas, que posee algunas casas de buenas condiciones, y elabora el vino moscatel de merecida nombradía en toda aquella tierra". Siendo Andrés Marín Pérez, en 1888, quien en su "Guía de Madrid y su Provincia", fuera el más bucólico y poético refiriéndose a Alcobendas: "Tiene alegre horizonte, despejado cielo y saludable clima".

Angel Fernández de los Ríos, en su obra titulada "El futuro de Madrid", escrita en 1868, pedía para nuestra zona algo, al parecer; tan imposible como el ferrocarril: "...que la Zarzuela, y el Pardo y la real Quinta y La Moraleja necesitan estar en comunicación directa, fácil y económica con Madrid; que las cosechas de Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, Paracuellos del Jarama, Barajas y otros pueblos deben tener mejores elementos de transporte que las recuas de machos y las carretas; que los pueblos de las cercanías no deben ser ocasión de un viaje sino de un paseo, cosa es que no necesita demostración".

Alcobendas aparece en "La horda", publicada en 1905 por el valenciano Vicente Blasco Ibañez

Unos años después, el nombre de Alcobendas volvía a una novela, precisamente como pueblo suministrador de víveres a la capital, en "La horda" del valenciano Vicente Blasco Ibáñez, publicada en 1905: "...Así como avanzaba el día, era más grande la afluencia de carros y cabalgaduras en la glorieta de los Cuatro Caminos. Llegaban de Fuencarral, de Alcobendas o de Colmenar, con víveres frescos para los mercados de la villa. Junto con los cántaros de la leche descargábanse en el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de requesón, racimos de pollos y conejos caseros...".

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